sábado, 22 de septiembre de 2018



Más terrenos para vender

El lado inmobiliario del Polo Hospitalario

Por Sergio Kiernan
Publicado en P12, el 20/09/2018.-

El decreto de Horacio Rodríguez Larreta creando un Polo Hospitalario Sur cierra ocho años de intentos de concentrar centros de atención, una manía iniciada por Mauricio Macri en 2010, su tercer año de gobierno porteño. Que sea un decreto muestra la debilidad del concepto: ni con las mayorías casi automáticas del macrismo en la Legislatura se puede arriesgar votar el bodrio. Como es imposible encontrar las ventajas médicas, de atención al paciente, hospitalarias, de la iniciativa, es muy riesgoso aceptar un debate público. El Polo sólo cierra desde un sentido y sólo uno, como un negocio inmobiliario.

Crear un super Muñiz significa un muy buen contrato de construcción para un amigo o consorcio de amigos de los que le abundan al macrismo. Será uno de los perfectos contratos de estos tiempos, perfectamente irrelevante e innecesario, flojo en calidad conceptual y material, y caro. Pese al discurso del ajuste, este tipo de movidas es la manera disimulada y sistemática con que el PRO subsidia a su industria mimada. Ya se vió el reemplazo de kilómetros de cordones de vereda de granito por cemento de la peor calaña, obra sólo entendible como un subsidio a las constructoras, y la furia con que se están reembaldosando ahora barrios enteros suena a lo mismo.

Concentrar cinco hospitales en uno significa además liberar cuatro atractivos terrenos para la industria inmobiliaria, con lo que el polo a crear se inscribe en una continuidad macrista. De los terrenos ferroviarios, de la venta de lotes de propiedad pública, de la destrucción de un parque porteño para crear la villa olímpica y ahora de la propuesta de desactivar hospitales siempre resulta lo mismo, tierra para que unos pocos privados, de los que tienen espaldas anchas y luego financian campañas, hagan su negocio.

Geográficamente, el planteo de un polo al sur no tiene sentido, porque sólo dos de los cuatro centros de salud a cerrar están remotamente en la misma zona de la ciudad. El Marie Curie y el IREP agregan un alto nivel de incoherencia incluyendo Parque Centenario y Núñez en el mapa. Esto quiebra la coherente grilla de atención hospitalaria de esta ciudad –y de tantas otras– que intentó arrimar el médico y el consultorio parejamente a todos los vecinos. Pero en términos inmobiliarios, que el macrismo entiende y privilegia, agrega valor. La tierra en Caballito y en Nuñez vale más que en el sur.

Es muy probable que este negocio genere más problemas a futuro, porque tres de los edificios a vender –el Marie Curie, el Udaondo y el María Ferrer– son anteriores a 1940 y por lo tanto tienen protección cautelar como patrimonio edificado. El IREP es de 1949 y una de esas bellezas del peronismo, la Ciudad Infantil de la Fundación Eva Perón. El espectacular terreno arbolado de las calles Echeverría, Dragones, Húsares y Juramento es un ejemplo del último estilo arquitectónico público que tuvimos, el “chalet peronista”, amable y negador de las teorías de vanguardia. El conjunto es un Area de Protección Histórica especial, con el más alto grado de catalogación posible.

Con lo que la venta de las propiedades es apenas el primer paso del negocio. Después vendrá la batalla por dejarlos desprotegidos, demolibles, mutados en terrenos.


lunes, 8 de enero de 2018




Mar del Plata, 29/12/2017.

Sr. Intendente de General Pueyrredón
Sres. Concejales
Sres. Funcionarios responsables del Uso, Concesión y Control del Espacio Público.

De nuestra mayor consideración:
Los abajo firmantes, todos profesionales arquitectos y urbanistas totalmente comprometidos con nuestra profesión y que queremos a  nuestra ciudad, denunciamos un nuevo avasallamiento al uso del espacio público por concesiones o permisos otorgados a privados que menosprecian el bien de todos, por sobre los de unos pocos.
Se trata en este caso de diferentes intervenciones sobre áreas de uso público que en muy breve lapso de tiempo se han transformado en usos privados para ser usufructuados en la presente temporada de verano 2017/18. 
Nos referimos a tres cuestiones específicas, localizadas las primeras en los aterrazamientos a modo de mirador sobre bares y balneario de Playa Varese (fotos 1,2,3 y 4). En segundo término las concesiones de sombrillas (de color rojo) delimitadas por un corralito de soga en sector público de arena en la misma playa (foto5). Y en tercer lugar a la expansión de sector de boliches nocturnos bajo el sector del edificio La Normandina en Playa Grande, y la concesión a una bebida del espacio de arena, del poco sector público existente de la misma playa, en el área adyacente a La Normandina y Biología (fotos 6 y 7).
Como ciudadanos preocupados y profesionales del urbanismo, no podemos dejar de denunciar esta mercantilización y privatización de los espacios que son de todos. Esperamos que por esta vez y para que sirva de efecto ejemplificador, se retrotraigan estas usurpaciones y se vuelvan los espacios a su uso natural, que es únicamente el público.
Adjuntamos fotografías que testimonian lo solicitado y grafican el mal uso de estos espacios.
Sin más y esperando una respuesta ejecutiva, contundente y favorable, los saludamos atte.







































Arquitectos firmantes: 
Rosana Galli, Pablo Mastropascua, Alejandra Urdampilleta, Silvana Coronel, Gustavo Franco, Diego Domingorena, Eduardo Joaquin Layús, Norberto Lemmi, Julio Patricio, Margarita Rigau, siguen las firmas.

sábado, 4 de noviembre de 2017

sábado, 26 de agosto de 2017


Las playas de La Perla son de las más representativas de Mar del Plata. Poseen la característica de ser utilizadas en gran parte por marplatenses, que año tras año, contratan carpas, sombrillas y servicios, conformándose en usuarios familiares, clásicos y permanentes de estas playas.
En 1983, con el regreso de la democracia a la Argentina, ganaba las elecciones municipales en Mar del Plata el Intendente radical Ángel Roig. Dentro de los pocos proyectos urbanos que decide encarar, impulsa la construcción de un complejo de balnearios en las playas de La Perla, intentando de esta forma urbanizar playas que permitiesen la explotación privada, semejando a lo inaugurado pocos años antes en la bahía de Punta Mogotes. La diferencia radicó que el financiamiento de las obras fue aportado por los adjudicatarios a cambio de amplios plazos en los periodos de explotación comercial.



El arquitecto Clorindo Testa, asociado con los arquitectos Juan Genoud y Osvaldo Álvarez Rojas, entre los cerca de 100 anteproyectos presentados, obtiene en 1985 el Primer Premio en un concurso nacional para la intervención urbana en la zona costera de las playas de La Perla, a lo largo de 5 balnearios. Organizado por la Municipalidad de General Pueyrredón, el conjunto debía reemplazar con una propuesta única y coherente a los balnearios que existían en el lugar, dado que era un conjunto desparejo, construido y remodelado en diferentes épocas, y totalmente obsoleto para ese momento. Era además, el único sector de playas céntricas, que no estaba debidamente equipado.
Las obras comenzaron en 1987, a pesar de la fuerte oposición del resto de los partidos políticos en el Concejo Deliberante. La construcción avanzó dificultosamente, debido a la fuerte inflación del período, que en pocos años alcanzó la hiperinflación, afectando constantemente los costos y honorarios de las contratistas, que debían ajustarse a cada momento.
El complejo pudo ser inaugurado en 1989.
Pero la postal que todos conocemos, curiosamente con solo 28 años de edad, comenzó a desaparecer, y hoy está en proceso de demolición con el supuesto de su remodelación y refuncionalización.
  


Los concesionarios de los balnearios, conscientes de la mutación en las históricas vacaciones de verano, y sujetos fundamentalmente a la explotación de sus instalaciones en fines de semana, comenzaron a idear una propuesta que permita el usufructo y comercialización de los espacios de manera diferente. Para ello durante los años 2013 y 2014, fueron “seduciendo” a las autoridades municipales acerca de la posibilidad de hacer más rentables sus negocios.
Convencido el Intendente Gusta Pulti (del partido político vecinal Acción Marplatense) en el año 2015 se conocieron las ofertas para la refuncionalización  de las Unidades Turísticas Fiscales de los balnearios 1, 2, 3 y 4 del complejo La Perla. “La Perla ingresa en un nuevo proceso de inversión muy importante que va a generar trabajo y progreso. Es un proyecto muy ambicioso’”, detalló el intendente.
¿Qué cambiará? El proyecto de iniciativa privada fue presentado en conjunto por los actuales concesionarios e implica la reestructuración de las obras edilicias de Balnearios, sumadas a obras paisajísticas en Plaza España y estacionamientos subterráneos. El plan contempla, además, la ampliación del Museo de Ciencias Naturales y según señalaron, se recuperará la visibilidad hacia el mar, así como también habrá más lugar para los peatones y mayor comodidad para automovilistas. En cuanto al museo, varias de las figuras que hoy forman parte de la institución en su interior se instalarán en la Plaza España, lo que generará un fuerte atractivo.

























Según las informaciones publicadas, se enumeran detalles del proyecto:
- Incorporación de un estacionamiento soterrado para 150 vehículos en una primera etapa.
- Redefinición de áreas deportivas y de recreación.
- Propuesta de accesibilidad universal y sustentabilidad para todo el Complejo.
- Recuperación de visuales hacia el mar a través de la demolición de los niveles  + 1 de los edificios.
- Refuncionalización integral de los espacios propios de los edificios, cubiertos y exteriores.
- Revisión integral de la estructura edilicia de las instalaciones ajustadas a los nuevos usos por proponer y a la consigna de anualidad de actividades (Mar del Plata 12 Meses).
- Redefinición de lotes de arena afectados a unidades de sombra.
- Ajuste de todos los espacios a esquemas de accesibilidad universal, sustentabilidad y generación de espacios de uso público (plazas secas, áreas de relax y recreativos), según la propuesta de los concesionarios.





































¿Sera este un ejemplo del vaciamiento de contenidos de los concursos de anteproyectos de arquitectura, tanto regionales como nacionales?
¿Puede una obra de arquitectura pensada y observada  por tantos profesionales, envejecer  tan rápidamente, con solo 28 años de vida?
¿No existirán  desmedidas pretensiones por parte de los concesionarios, respecto de la renta que debería dar un bien inmueble pegado al mar y en plena zona balnearia?
¿Son las riquezas geográficas naturales de una comunidad, beneficio para unos pocos privados, teniendo en cuenta que provienen de espacios públicos?
Demasiadas preguntas para formularle a la arquitectura.
Un gobierno radical por 1984, gestó la idea de urbanizar “modernamente” una extensa y populosa playa. Ejecuta la obra.
Un gobierno vecinal por 2013, comenzó a pensar en ampliar el negocio concesionable.  Aprueba la modificación sobre el proyecto originario.
Un gobierno liberal se pone al frente de las requisitorias privadas y comienza con las demoliciones.
Una vez más, como ya se han desarrollado algunos temas similares en este blog, podemos afirmar; Playas Públicas = Negocios Privados


















domingo, 23 de julio de 2017


Una historia que resume la tragedia del país
Publicado en P/12 el 23/07/2017.

El nombre de “Ciudad Oculta” empezó a acompañar al de Villa 15 en 1978, cuando el intendente de Buenos Aires durante la última dictadura, Osvaldo Cacciatore, ordenó construir un muro para que los extranjeros que llegaban al país por el Mundial de fútbol no pudieran ver la villa.
El Barrio General Belgrano –ese es su nombre original–, surgió en 1937 cuando en la zona ubicada en el límite entre los barrios de Villa Lugano y Mataderos comenzó a ser poblada por obreros del Mercado de Hacienda de Mataderos y del frigorífico Lisandro de La Torre, en el contexto de una fuerte migración interna en el país desde las provincias a la capital.
Pero más de una década atrás, en 1923, se empezó a proyectar para esa zona la construcción de un Hospital de la Liga Argentina contra la Tuberculosis, luego de una epidemia de esa enfermedad que azotó a una enorme población del sur de la Capital Federal. Para la realización de la obra, la municipalidad donó un terreno fiscal ubicado en avenida Piedrabuena al 3200 y el Estado empezó a recolectar donaciones de sociedades de beneficencia. Sumado a esto, el diputado socialista Alfredo Palacios impulsó un proyecto en el Congreso Nacional para que el Estado destinara otra cantidad de dinero para el hospital. La construcción del edificio que hoy se conoce como el Elefante Blanco se inició finalmente en 1938. Para el año siguiente, la construcción ya había alcanzado el piso 14, pero al poco tiempo la obra se detuvo por falta de presupuesto.
Recién en 1948, durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, se retomó la construcción del edificio con el objetivo de convertirlo en el hospital más grande de América Latina. Sin embargo, el golpe de Estado del 55 interrumpió nuevamente la construcción, como también la obra de su edificio gemelo, el Hospital Pediátrico, ubicado en el barrio de La Paternal y conocido como Albergue Warnes, demolido en 1991. Con la Libertadora el Elefante Blanco quedó definitivamente abandonado.




“Acá en el pasillo somos todos unidos, trabajamos juntos desde hace mucho para armar el barrio”, comenta Luis. “Muchos son de otros países, vinieron a laburar acá y nosotros les dimos una mano. Acá no hay delincuencia ni nada; yo dejo el auto y nadie lo toca. Hicimos muchas obras que tendría que haber hecho el Estado, como las cañerías o las veredas. Y ahora vienen del gobierno pero para tirar abajo todo el trabajo que hicimos en años”, agrega. A lo largo del pasillo hay puertas de casas en planta baja y escaleras metálicas para llegar a las viviendas del piso de arriba. Se escucha, al fondo, el rebote de una masa y un cortafierros, seguido de breves desmoronamientos. Otra casa está en proceso de demolición. En frente de lo de Luis, en el espacio en el que vivía otro vecino, sólo quedan escombros. “Él había negociado, pero después se arrepintió. Se avivó de que con lo que le daba no hacía nada. Le dijeron que igual se tenía que ir porque sino lo desalojaban. El día que vino Larreta a hacer el acto, bien temprano derrumbaron su casa y varias otras”, cuenta Luis, y señala otros espacios rectangulares cubiertos de ladrillos rotos. De las doce casas que había en torno al pasillo quedan sólo seis. Lo que más preocupa a los que aún viven allí es una grieta que rodea el vértice de una estructura de ladrillos que es parte del Elefante, de la nave de entrada del edificio. “Están demoliendo todo así nomás. Mi miedo es que caigan escombros sobre mi casa con los derrumbes porque están los chicos”, dice. A cada golpe de maza en la construcción de al lado, la grieta expulsa piedritas y polvo de ladrillo; las paredes vibran. 

En 2012 el edificio volvió a cobrar resonancia, pero esta vez por el estreno de la película dirigida por Pablo Trapero y protagonizada por Ricardo Darín, titulada Elefante Blanco. El film se centra en la historia de un cura villero (Darín), un cura tercermundista francés, interpretado por el actor belga Jérémie Renier, y una trabajadora social que brinda asistencia en la Villa 15, Martina Gusmán. Los tres personajes se ven involucrados en conflictos relacionados a la situación social del barrio, a la relación con la Iglesia, con el Estado y con la policía.


sábado, 20 de mayo de 2017



En Mar del Plata, los silos forman parte de la postal del puerto local, aunque están ubicados en el acceso al mismo, y en poco tiempo más ya no se divisarán dibujados sobre el horizonte. Los mismos están establecidos sobre jurisdicción nacional y, ante el incumplimiento de la actual concesionaria -Elevadores Mar del Plata SA-, desde el Consorcio Regional del Puerto están trabajando para que pasen bajo la órbita de la provincia de Buenos Aires y así poder disponer de esa tierra.
Hasta tanto no se cumpla con ese trámite burocrático -los silos pertenecieron a la Junta Nacional de Granos y ahora dependen del Ministerio de Agroindustria de la Nación- no se puede actuar sobre ellos y la postal de la decadencia se apropió del edificio que -a pesar de no estar habilitado para tal fin- funciona como estacionamiento de camiones.
“Estamos con una acción de restitución, por incumplimiento de las condiciones de la concesión, que indicaban que el concesionario debía cumplir con el mantenimiento del lugar y mantenerlo en condiciones adecuadas y utilizables”, describió el presidente del Consorcio Regional Portuario, Martín Merlini.
Bajo el precepto de “normalización administrativa de los espacios portuarios”, siguiendo los lineamientos impulsados por la gobernadora María Eugenia Vidal, Merlini prescindió de dar plazos temporales pero adelantó que puede “concretarse en semanas” el traspaso de tierras, primero, y la posterior demolición.
La decisión de liberar el área y permitir la demolición de los silos está en manos del Gobierno nacional, encabezado por el presidente Mauricio Macri, curiosamente hijo del constructor de esa estructura que surgió a finales de la década del `50. Más allá de cualquier lectura psicológica, la cuestión es que el progenitor los construyó, ahora ¿el vástago autorizará la demolición? 



Cabe recordar que el área circundante a los silos, históricamente funcionó como espacio verde de esparcimiento recreativo y deportivo, como un verdadero pulmón a escala de todo el Puerto de Mar del Plata y también de la ciudad. Allí se encontraba instalada y en uso la cancha de fútbol del Club Ministerio, hasta el año 1977.    Lugar emblemático en la instalación de parques de diversiones y circos de distintos orígenes y características, algunos de los cuales siguen funcionando en la actualidad.
Retomando esta idea, con la propuesta de primero rescatar y luego generar  un espacio de uso y equipamiento público, ponemos en contraste el ejemplo de un tema ligeramente menor en escala en la ciudad de Rosario.
Bien podría considerarse el rescate de los silos (o parte de ellos) para alojar en ese emblemático lugar El Museo del Puerto, y en su entorno un real parque público a escala ciudad. La forma es cuando existe decisión política e ideas coherentes, se pueden producir hechos urbanos que trasciendan lo meramente formal y lo económico. Vaya pues el contrapunto. 



El Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino en la ciudad de Rosario,  debido a las constantes  incorporaciones de objetos de arte contemporáneo en su colección, gestiona el “macro”, (Museo de Arte Contemporáneo de Rosario), que se inauguró el 16 de noviembre de 2004.
En la búsqueda de un edificio para contener la colección, se eligió el edificio de los “Silos Davis”, que es una construcción de mediados  del siglo pasado, y  con una ubicación estratégica en Rosario por estar al borde del Paraná. La Municipalidad de Rosario los refuncionalizó y amplió para el emplazamiento del Museo.



El edificio, está formado por 8 cilindros de hormigón armado y una columna vertical, destinados para  almacenamiento de granos, hoy tiene 10 pisos, una explanada y un túnel para sus exhibiciones, además de almacén de obras de arte, tienda y servicios para el público. La colección posibilita  cruzar la producción artística local con lo nacional e internacional a partir de distintas miradas, para vincular la  diversidad de estéticas del presente.
El edificio original fue proyectado por el Arquitecto  Ermete de Lorenzi (1900-1971), uno de los más importantes arquitectos rosarinos del Siglo XX. Para el “macro” se  habilitaron 970 metros cuadrados correspondientes a los diez pisos, la columna vertical donde funcionaban las oficinas y una construcción  que recorre  los 8 silos a la altura de la séptima planta. Para una segunda etapa está previsto realizar el reciclado de los ocho cilindros que tienen  7,5 metros de diámetro cada uno.



El proyecto del Museo es de la Dirección de Proyectos Urbanos de la Secretaría de Planeamiento de la Municipalidad de Rosario. Se preservó el edificio, resaltando las características propias del hormigón,   la austeridad como valor y manteniendo la estructura a la vista. Su fachada es pintada cada 4 años, sobre la base de proyectos elegidos por concursos nacionales. La primera vez fue en 2003 sobre la base de un proyecto perteneciente a la arquitecta rosarina Cintia Prieto.
El Museo cuenta con todos los servicios y posee un ascensor vidriado externo,  que permite acceder a increíbles  vistas de la ciudad, el río y las islas. Está climatizado, tiene sistema de control de incendios y de seguridad según las normativas internacionales para exhibición de exposiciones de arte.
Un verdadero ejemplo de refuncionalización y recuperación del patrimonio edilicio existente en una ciudad.


lunes, 8 de mayo de 2017

Por Soledad Vallejos

El colectivo de activistas urbanos que quiere volver a unir la ciudad con el agua.
Un día supieron que en Dock Sud había existido una playa; conocieron a algunos de sus visitantes, investigaron y empezaron a organizar expediciones para recuperarlas. Lo llaman “activismo ribereño” y suman cada vez más seguidores.


Detrás de donde parece que termina la ciudad, el asfalto sigue: la calle también es pública, pero no la camina nadie, y aunque la atraviesan dos líneas de colectivos y tienen paradas, de esos coches no bajan pasajeros. Porque creen que la única barrera entre ese lugar y las personas es el desconocimiento, un grupo de artistas y activistas urbanos guía bajo el cielo encapotado a unos cincuenta desconocidos que leyeron en Facebook –o quizá en algún correo electrónico que alguien les reenvió– que había una excursión a la isla Demarchi. Es sábado al mediodía y Colectivo Ribereño, el espacio que hace “activismo ribereño” y tiene como amuletos las palabras “acceder, recorrer, mapear”, aprovecha el otoño para conspirar contra la idea según la cual después de Puerto Madero, sólo hay espacios vacíos, el fin de Buenos Aires, la nada. “Hay algo que siempre nos motiva, y es que estos espacios habitualmente son públicos e inaccesibles, pero que cuando se ganan y se vuelven a reconfigurar, son privados. Porque el privado tiene el tiempo de esperar”, dice una de las organizadoras mientras avanza por la avenida España. La meta de la tarde es alcanzar la isla Demarchi, pero para conocerla también hay que llegar al río.

La reconquista

Al doblar la curva, cuando la calle se estrecha y las torres de Puerto Madero quedan a las espaldas, en las veredas crecen pinos altísimos y en lugar de baldosas hay pasto. Un poco antes, la avenida es ancha como Libertador pero no suenan motores. Ahí, a medio camino entre la curva y el Museo De la Cárcova, de un mar verde emerge una fuente animada por un futurismo que hoy es retro. A un lado, la flanquean las construcciones de la Villa Rodrigo Bueno y un puente que se adentra en el terreno del que sólo se ven árboles y una cúpula extraña. “Es la ex Ciudad Deportiva de Boca”, dice alguien, mientras una señora apura el paso para llegar, asomarse a la construcción que alguna vez fue costanera ante el río y recordar en voz alta, como quien suspira, “¡yo la visité cuando era chica!”. Por el puente, sobre el que se ve una casilla de seguridad, un perro avanza hacia la calle con paso cansino. Sobre el acceso vallado, se amontonan carteles más o menos descascarados, con diferentes colores y desgastes, como capas geológicas que dan pistas de las épocas en que llegaron allí: el “prohibido pasar, propiedad privada”,   “Av. España 2040, ex 2230”, “Santa María del Plata, Av. España, Costanera Sur” (en referencia al proyecto de IRSA, propietaria actual de los terrenos), “acceso proveedores circo” (de 2008, cuando en ese sector de Costanera Sur el Cirque du Soleil había montado su carpa para un show).

En lugar de nostalgia, en la conversación entre desconocidos que coinciden en el paseo aflora la información: alguien recuerda el proyecto majestuoso y trunco que Armando J. Armando trazó para las 40 hectáreas de terreno que ganó al río para Boca Juniors, con anuencia del gobierno de Lanusse; alguien más cuenta que eso cayó en el olvido, y que con él terminaron de rellenarse espacios del río, tanto que ahora parecen todos terreno firme; otra persona recuerda que IRSA planea construir allí un mega complejo edilicio.

“Vamos a ver qué vamos a perder”, había anunciado una de las organizadoras, antes de preguntar: “¿Alguien conoce la isla Demarchi?”. En lo que llaman “expediciones”, de lo que se trata es de caminar el territorio y trazar recorridos posibles, “construir en cada salida grupal un mapa que después permita a cada uno volver a ir o contar a otros cómo hacerlo”. Eso procuran ella y sus cómplices a la hora de instigar el reconocimiento del terreno. Esta tarde el objetivo es llegar a Isla Demarchi, pero otra veces las salidas son a Puerto Piojo, una playa que congregaba pequeñas multitudes en Dock Sud y de la que todavía hay memorias vivas (ver aparte), y para lo que resta del año están en carpetas otros recorridos, cada uno más inesperado que el otro.

Llegar al agua

Dicen que un día se arengaron con “activemos, hay que llegar al río”, y entonces no pararon. Por afinidades electivas, por amistad,  o porque algún azar lo quiso, las artistas Carolina Andreetti, Juliana Ceci y Sonia Neuburger, el periodista Carlos Gradin, y el antropólogo Pablo Caracuel coincidieron en la necesidad de ver el agua desde la ciudad, meterse en ella lo más posible, y esto dicho de manera literal. En el camino, descubrieron que había otros grupos ocupados en lo mismo. Entonces, para perseguir cada uno su rincón de costa, exigir su camino con vista al Río de la Plata, mirar la ciudad con ojos de urbanistas, o de artistas, o de periodistas, abogados, arquitectos, unieron fuerzas. Por eso, por ejemplo, todos los expedicionarios que caminan hacia Isla Demarchi llevan en la mano el mapa que hizo el Colectivo Ribereño (www.facebook.com/colectivoriberenio), el grupo que conforman Ribera BA (www.riberaba.org.ar), Expediciones a Puerto Piojo (www.expedicionesapuertopiojo.wordpress.com), y el Club Regatas Almirante Brown (www.facebook.com/regatasbrown). El papelito, desplegable y con información histórica de la zona, indica el camino  que bordea los astilleros, cruza la isla Demarchi y llega hasta el Río de la Plata, a la vera de la central eléctrica.

¡Allá está la Usina del Arte, mirá! descubre de repente una de las expedicionarias novatas llegadas esa tarde. Señala hacia la derecha, detrás del edificio del Servicio Auxiliar de Radioaficionados de la Armada, los árboles, un playón, la avenida desierta; y sí, desde esa zona de Costanera Sur se divisa.

–¿Se podrá llegar desde acá? –pregunta alguien más.

–No. Se ve algo cerca pero en el medio está el canal. Cuidado con la curva, vamos, así doblamos todos juntos –indica Andreetti, con el recuerdo fresco de que recién, por allí, pasó un colectivo (pasan dos líneas: la 2 y la 4) a velocidad de carrera de Fórmula 1.

La expedición se adentra tierra adentro, por donde hace sesenta años había agua (se puede ver en los mapas satelitales oficiales) y ahora la magia del espacio ganado al río muestra verde, descampados, árboles, alguna parada de colectivo que combina  una parte del mobiliario urbano más reciente  y otra digna de pieza de museo.  A un lado de la calle, hay un alambrado, un poco de terreno despejado y, al fondo, asoma un barco. No está sobre el río, sino inmóvil sobre el verde, sostenido por unos maderos: allí funciona un astillero, y está en pleno funcionamiento. En minutos, la partida pasará por el portón del depósito de Algieri, Tandanor, y el taller de mantenimiento de la Armada. Al fondo, después de un par de curvas, aguarda el  Río de la Plata.

La idea es acceder a lugares que son públicos pero no están abiertos –dice Neuburger.

A esos lugares que son tan difíciles de llegar que te los perdés –acota Andreetti.

Estar en un lugar nos permite pensar cosas para ese espacio, aunque sean utopías. La idea de imaginar o construir nuevos imaginarios para ese territorio te da la posibilidad de conocerlo físicamente, de estar. No es solamente cosa de verlo en fotos. En Puerto Piojo, por ejemplo, a pesar de que las aguas del lugar estén contaminadas, son parte del Polo Petroquímico. ¿Por qué no ver que el lugar que existió, tuvo una historia diferente y no hace tanto tiempo? Cincuenta años no es tanto tiempo. De hecho, todas las personas que nos cuentan historias de ahí están vivas y tuvieron esa experiencia vital. En esa zona costera, había recreos donde los trabajadores de las fábricas iban a almorzar, hacían fiestas. Había un uso recreativo en el espacio público. Conocer esas historias nos abrió a pensar que podemos pensar otros futuros para ese lugar. Hay que recuperar la idea de que nos pertenecen, y también que el uso recreativo de esos espacios públicos es vital. Te cambia la vida poder los domingos ir a juntarte ahí dice Neuburger.

El camino sigue. Diez, veinte minutos después, en el aire suena Gilda. La música sube desde el fin de una barranquita abajo. En una costanera de cemento inimaginable, chiquita, separada del verde por unas rejas, un cartel anuncia que “se vende gaseosa, galletita, pasta, lombriz, artículos de pesca”. Frente a la usina, unos siete hombres pescan en lo que queda del brazo del río. Lejos, como desde otro mundo, asoman algunas torres de Puerto Madero. Más allá no se puede pasar, porque, aunque es tierra pública, una reja impide el acceso y un cartel asegura que el estacionamiento de la usina es “propiedad privada”, aunque sea el único punto para llegar hasta el mismísimo Río de la Plata.´

A veces se trata de ver hasta dónde llegás después de caminar. Bueno, hoy te encontrás con una reja dice Gradin, mientras a unos metros de él,  dos agentes de Prefectura preguntan a otro de los expedicionarios quiénes son, por qué están allí, porque es inusual el movimiento. Hay que apropiarse de lo que es de todos, pasear.

Barranquita abajo, uno de los pescadores pega un tirón de la caña: le arrancó al río un dorado.



Publicado por el diario Página 12  el día 07 de mayo de 2017.